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LA MARGARITA NIÑA

Margarita era una niña muy alegre y divertida, tenía el cabello rubio, muy largo, ojos azules, piel muy blanca con pequitas sobre la nariz, le gustaba ir a la escuela y tenía muchas amigas. Pero había algo en su vida que no le gustaba para nada, su nombre, siempre se preguntaba por qué no se llamaba Mariana, Silvana, Agustina o Cecilia, o algún otro nombre más sofisticado que Margarita. Su mamá le decía que Margarita simbolizaba la simpleza, la dulzura y el aroma de la flor más sencilla pero la más linda y duradera de todas las flores del universo.  Esto no conformaba a la niña y cada día estaba más disconforme y hasta le estaba cambiando el carácter, se había vuelto descortés y siempre se la veía de mal humor. Quería que la llamaran Cecilia, pero nadie se acostumbraba y seguían diciéndole margarita. Un día, se despertó, abrió los ojos despacito porque tenía una sensación extraña, miró a su alrededor y en la habitación todo estaba en su lugar, solamente vio a los pies de la cama un poco de tierra, pero pensó que era de los zapatos. 
Quiso enderezarse y con horror se dio cuenta de que no tenía los brazos, margarita, aterrada llama a los gritos a su mamá, quiso levantarse de la cama y no pudo. No tenía cuerpo, en vez de piernas tenía una especie de tallo verde que terminaba en una raíz con restos de tierra. -¡Mamá, mamaaá! ¡Estoy soñando, es una pesadilla! Me reconvertido en una planta. -¡Quiero el espejo!,-gritaba Margarita La mamá, asustadísima y temblando le alcanzó un espejo y la niña se miró y no podía creer lo que veía, era una flor, más exactamente una margarita con finos pétalos blancos y el centro amarillo huevo, y allí sus ojos azules se inundaron de lágrimas, su nariz, su boca seguían igual en ese centro amarillo. 
Pronto la noticia corrió por el vecindario, y los amigos, todos en la ciudad se enteraron de la margarita-niña, como empezaron a llamarla en las primeras planas de los diarios y en los noticieros de la televisión. Todo el mundo quería saber los detalles de semejante transformación. Algunos no creían que fuese cierto, pero los que conocían a la niña comprobaron que era verdad. En la casa sonaba el teléfono y tocaban el timbre en forma insistente, la T.V, los diarios y todos los medios informativos querían una entrevista con el fenómeno en que se había convertido la niña, pero su familia se negó en forma terminante. Mientras fuera de la casa había tanto revuelo, dentro de la misma, trataban de solucionar el problema, consultaros médicos, brujos, tarotístas, curas y todo tipo de científicos y gente dedicada a las ciencias ocultas, todo servía para tener un referente que les dijera cual era el motivo de esa aberración. Los médicos le extraían savia con una jeringa, le hacían radiografías y nada ¡Era una planta! No tenía corazón ni órganos humanos, lo único humano que conservaba era la cara y aparentemente el cerebro pensante, una mente inteligente atrapada en una bella margarita. 
La vida de la margarita-niña o la niña-margarita se tornó muy difícil, ya que tenía gustos humanos pero necesidades vegetales, como por ejemplo margarita quería comer papas fritas y gaseosas y la planta solo quería agua fresca y tierra, no podía estar acostada ni estar fuera de la tierra porque se empezaba a marchitar. Para mayor facilidad la mamá la convenció de plantarla en el jardín hasta que encontraran una cura para ella. La plantaron al lado de las rosa y las caléndulas, le ponía el televisor en la ventana de su cuarto para que viera sus programas favoritos. Las amigas la visitaban frecuentemente, las plantas cercanas la ayudaban, le daban sombra a la tarde y de noche se inclinaban para taparla, agitaban sus hojas para ahuyentar a los sapos porque Margarita les tenía miedo. Fue pasando el tiempo y la margarita-niña creyó que nunca más sería una niña normal, pero se daba cuenta de que a las margaritas todos las querían, pasaban los niños y las olían, las viejitas se quedaban mirándola y las mamás decían lo hermosas que estaban las margaritas, todos las querían para su jardín, porque duraban mucho, crecían muchísimas, y los canteros se engalanaban con sus flores. Los enamorados las deshojaban repitiendo: -¡Me quiere, no me quiere, me quiere… así hasta terminar muy contentos si el último pétalo coincidía con un: -¡Te quiero!  La niña en sus largos días de quietud en el jardín, rogaba una y otra vez que si todo volvía a la normalidad, jamás de los jamases volvería a protestar por nada. Una mañana de primavera, la mamá salió al jardín para regar a su niña-margarita y a darle un beso como hacía todos los días y se encontró con que habían arrancado la flor. Dando alaridos de angustia corrió a la casa para informar al papá y los hermanos, recorrieron todo el jardín, pero no la encontraron, la planta no estaba. Todos lloraban amargamente culpándose de no haber vigilado por las noches, pensaron que quizá fueron los muchachitos que salen a vagar, de esos que escriben paredes y hacen maldades, o un enamorado que la cortó para su novia, porque no la encontraron rota o sus pétalos tirados. - ¡La cortaron! La familia no tenía consuelo. 
De pronto, de una de las ventanas de la casa, una voz conocida les dijo: -Mamá, soy yo, Margarita, no se cómo, pero me desperté en mi cama, otra vez soy yo. Era cierto, todos miraron asombrados a margarita, con su cuerpo, su pelo larguísimo y rubio, sus brazos y piernas y sus ojos llenos de lágrimas. ¿Qué fue lo que pasó? Nunca se supo, fue todo tan raro que nadie se atrevió a investigar nada, no se habló más del asunto. Eso sí, Margarita jamás de los jamases se sintió disconforme con nada, se sintió feliz de ser una niña normal otra vez y aceptó su nombre Margarita y plantó tantas margaritas en el jardín que desde los edificios altos se veía como una alfombra amarilla y blanca.  Susana Cavallero, escritora. Fin
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UN FANTASMA EN LA HAVITACIÓN

Ocho campanadas ya daba el reloj de la sala de estar y la pequeña Aby ya se preparaba para luchar. Pues nada había en el mundo que ella detestara más que las ocho campanadas que gritaban que ya era hora dehora de meterse en la cama y soñar. Aby juraba que cuando la puerta de su habitación se cerraba, cosas muy extrañas pasaban.
 Pero cuando mamá o papá llegaban jamás encontraban nada. La niña decía que algo se ocultaba en la oscuridad, quizá eran duendes, traviesos y malolientes, o un cuervo que no quería que ella se cepillara los dientes. Ella aseguraba que al otro lado de su ventana noche a noche aparecía una visión o un fantasma, quizá el espíritu de la navidad pasada.
Fuera lo que fuera Aby no quería subir a su cama, ni apagar luz alguna de la casa. Noche tras noche era la misma historia, apenas cerraban la puerta de su recámara, a la pequeña algo le asustaba y salía en tremenda carrera a ocultarse entre los brazos de papá. Más los padres ya lo habían oído todo, que si eran brujas o fantasmas, o quizá un lindo extraterrestre, ya nada le creían y sólo querían que la niña durmiera tranquila sin rebotar toda la noche de cama en cama.  Así que en una fría noche sin luna el papá de la nena ofreció quedarse a dormir en su habitación, a ver si por lo menos comprendía que era lo que tanto asustaba a su niña. Y al escuchar las temibles ocho campanadas las luces se apagaron y todos fueron a dormir, Aby y su mamá ni siquiera había cerrado los ojos cuando entró corriendo más rápido que un trueno el papá de la pequeña, y tiritando como una hoja dijo que algo terrorífico quería entrar por la ventana. Entonces la mamá corrió a la otra habitación y con mucha fuerza, valentía y entereza abrió la ventana lista para enfrentar a aquella abominación… Pero no había abominación, ni alma descarnada, ¡no era un espíritu errante, ni siquiera el de la navidad pasada! Tampoco era un extraterrestre perdido, o un monstruo aturdido, todo lo que había era un gatito más blanco que la luna, un gatito sin hogar y desnutrido, un gatito que deambulaba rogando que alguien lo cuidara y lo mimara…  Así que la mamá metió a la casa al animalito, le dio un buen baño tibio, lo secó, lo peinó, lo esponjó, le puso un lindo listón rojo con un pequeño cascabel, le dio un gran tazón de leche y una rebanada de panqué. Aby, su mamá y su papá lo nombraron miembro oficial de la familia, con el respetable título de guardián, y le dieron un nombre sin igual que recordara a todos cómo había llegado el gatito a su habitación… FANTASMA le pusieron, y por fin aquella noche todos en paz durmieron con su fantasma ronroneando en la habitación.  Elizabeth Segoviano, escritora mexicana.
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EL CASTILLO DEL BUEN SEÑOR
 Era el castillo de un señor feudal muy poderoso, pero que a diferencia de sus iguales, tenía un corazón muy bueno y generoso. Este señor siempre se había ocupado de sus vasallos y siervos con mucho esmero y cariño, cuidando de que nada les faltara. A cambio, sus servidores habían trabajado con esmero y devoción, convirtiéndolo en el señor feudal más próspero de todo el reino. Incluso se rumoreaba que era más rico que el propio rey. Eliseo, como se llamaba el señor, había perdido a su único hijo en batalla y desde entonces estaba muy solo, por lo que dedicaba todo su tiempo a cuidar de su feudo. Un día lluvioso, una caravana de gitanos acróbatas llegó a la comarca para establecer su campamento durante unos días y ofrecer su espectáculo a los villanos. En poco rato desempacaron sus cacharpas y estuvieron listos para sus ensayos. Una comitiva se encargó de recorrer el castillo y los alrededores, anunciando las funciones a los aldeanos que miraban asombrados a aquellos excéntricos personajes.  Eliseo se distrajo de sus tareas habituales para observar a los emisarios, era un grupo muy diferente de los pobladores del feudo, pero lo que más le llamó la atención fue una niña que no encajaba con sus parientes. Era muy pálida, con una cabellera suelta y larga que le caía por los hombros. Era tan bonita que despertaba su ternura. Decidió entonces que asistiría a la función.  Llovía como nunca a la hora de la función, pero eran tan pocas las oportunidades de ver un entretenimiento por aquellos lares, que la carpa estaba rebosante y habían tenido que rechazar espectadores, quienes deberían aguardar al día siguiente para disfrutar del espectáculo. Pero no podían negarle un sitio preferencial al señor feudal, de modo que Eliseo se quedó con el mejor asiento disponible. La función comenzó y produjo el asombro de todos los presentes, incluido el señor feudal, que de boca abierta observaba las cabriolas de los equilibristas y se reía hasta las lágrimas con las trastadas de los bufones. Todo iba de maravilla, la llegada de los gitanos había producido un recreo saludable en aquellas gentes de vida sacrificada.  Pero siempre, algo sale mal. Una de las antorchas que alumbraban el lugar, salió de control debido al intenso viento que se colaba por los huecos de la carpa y comenzó el fuego, que rápidamente se extendió por todas partes. Los espectadores y actores, corrían aterrorizados sin tener mucha noción de lo que hacían. Se pechaban y caían unos sobre otros, entorpeciendo la huída de todos y la propia. Era un espectáculo terrible. Padres que abandonaban a sus hijos a las llamas por salvarse a sí mismos, hermanos que se incendiaban para salvar a sus hermanos más pequeños. Un suceso digno del infierno.  Nuestro señor feudal alcanzó a salir de su asiento justo antes de que el poste principal que sostenía la tienda cayera sobre su asiento. Mientras huía, pudo ver a la pequeña que había llamado su atención por la tarde, acurrucada bajo una mesa. Se acercó a ella y la tomó de la mano para conducirla hacia el exterior, apenas antes de que todo quedara envuelto por las llamas.  Cuando lograron sofocar el incendio y se realizó el recuento de víctimas, muchos de los gitanos habían perecido bajo la carpa, incluidos los padres de la pequeña extraña. Los que sobrevivieron se encontraban algunos malheridos, otros ilesos, pero todos necesitaban atención. Eliseo alojó a los gitanos y demás heridos en el castillo y les brindó la atención necesaria para que se repusieran, también ofreció alojamiento y trabajo a quienes hubiesen resultado heridos y no pudiesen continuar con la caravana.  Entre los gitanos que se quedaron en el castillo estaba la pequeña Sofía, que así se llamaba la niña que había conmovido al señor feudal. Como después vino a saber el señor, la pequeña había sido adoptada por sus padres gitanos, cuando la encontraron abandonada en la puerta de una iglesia en la ciudad de San Petersburgo y por eso su apariencia. Eliseo decidió adoptarla como su hija y heredera, ya que no tenía otro descendiente en el mundo y tratarla como si fuese una hija de verdad. Desde ese momento, le enseñó todo lo que debía saber para llevar a delante su feudo y comportarse como una dama de la nobleza, aunque debido a sus dotes acrobáticas, también recibió instrucción en combate, para que cuando el feudo pasara a sus manos, pudiese tomar el poder con todas las garantías.  Muchos años más tarde, cuando ya era una dama, casada y con hijos jóvenes, su padrastro falleció y dejó el castillo y el feudo a su cuidado, y tanto ella como su descendencia, rindieron honores a la tarea de aquel generoso señor, que había llevado la prosperidad a la comarca y que jamás fue olvidado, como tampoco sus nobles acciones. 
Autora: Andrea Sorchantes.
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LOS DUENDES MALVADOS
Había una vez un grupo de duendes malvados en un bosque, que dedicaban gran parte de su tiempo a burlarse de un pobre viejecito que ya casi no podía moverse, ni ver, ni oir, sin respetar ni su persona ni su edad.  La situación llegó a tal extremo, que el Gran Mago decidió darles una lección, y con un conjuro, sucedió que desde ese momento, cada insulto contra el anciano mejoraba eso mismo en él, y lo empeoraba en el duende que insultaba, pero sin que los duendes se dieran cuenta de ello.  Así, cuanto más llamaban "viejo tonto" al anciano, más joven y lúcido se volvía éste, al tiempo que el duende envejecía y se hacía más tonto. Y con el paso del tiempo, aquellos malvados duendes fueron convirtiéndose en seres horriblemente feos, tontos y torpes sin siquiera saberlo. Finalmente el mago permitió a los duendes ver su verdadero aspecto, y éstos comprobaron aterrados que se habían convertido en las horribles criaturas que hoy conocemos como trolls.  Y tan ocupados como estaban faltando al respeto del anciano, no fueron capaces de descubrir que eran sus propias acciones las que les estaban convirtiendo en unos monstruos, hasta que ya fue demasiado tarde. Idea y enseñanza principal | | |
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| Respetar a los demás no es sólo importante por los demás, sino por el efecto que nuestras obras tienen sobre nosotros mismos |
Autor.. Pedro Pablo Sacristán
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EL REGALO MÁGICO DEL CONEJITO POBRE

Hubo una vez en un lugar una época de muchísima sequía y hambre para los animales. Un conejito muy pobre caminaba triste por el campo cuando se le apareció un mago que le entregó un saco con varias ramitas.“Son mágicas, y serán aún más mágicas si sabes usarlas” El conejito se moría de hambre, pero decidió no morder las ramitas pensando en darles buen uso.  Al volver a casa, encontró una ovejita muy viejita y pobre que casi no podía caminar.“Dame algo, por favor”, le dijo. El conejito no tenía nada salvo las ramitas, pero como eran mágicas se resistía a dárselas. Sin embargó, recordó como sus padres le enseñaron desde pequeño a compartirlo todo, así que sacó una ramita del saco y se la dió a la oveja.  Al instante, la rama brilló con mil colores, mostrando su magia. El conejito siguió contrariado y contento a la vez, pensando que había dejado escapar una ramita mágica, pero que la ovejita la necesitaba más que él. Lo mismo le ocurrió con un pato ciego y un gallo cojo, de forma que al llegar a su casa sólo le quedaba una de las ramitas.  Al llegar a casa, contó la historia y su encuentro con el mago a sus papás, que se mostraron muy orgullosos por su comportamiento. Y cuando iba a sacar la ramita, llegó su hermanito pequeño, llorando por el hambre, y también se la dió a él.  En ese momento apareció el mago con gran estruendo, y preguntó al conejito ¿Dónde están las ramitas mágicas que te entregué? ¿qué es lo que has hecho con ellas? El conejito se asustó y comenzó a excusarse, pero el mago le cortó diciendo ¿No te dije que si las usabas bien serían más mágicas?. ¡Pues sal fuera y mira lo que has hecho!
Y el conejito salió temblando de su casa para descubrir que a partir de sus ramitas, ¡¡todos los campos de alrededor se habían convertido en una maravillosa granja llena de agua y comida para todos los animales!! Y el conejito se sintió muy contento por haber obrado bien, y porque la magia de su generosidad hubiera devuelto la alegría a todos. 
Pedro Pablo Sacristán
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LAS ZAPATILLAS ROJAS

Había una vez, una niña hermosa y muy pobre, tanto, que no tenía zapatos. La viuda del zapatero se conmovió de su situación y le confeccionó unas zapatillas rojas con dos viejas tiras de tela de color rojo.  Karen, que así se llamaba, recibió las zapatillas el día que enterraron a su madre. Y aunque no eran adecuadas para el luto, se las puso, pues no tenía otra cosa. Cuando estaban en el cementerio, una anciana adinerada vio a la niña y se apiadó de ella. Pidió al cura que le permitiera criarla. Karen creía que todo se lo debía a las zapatillas rojas, pero a la dama le parecían horribles y los tiró. La niña aprendió a leer, coser y recibió nuevos vestidos.  Un día pasó por el pueblo la reina, acompañada por su hija. La joven princesita salió al balcón de palacio para saludar al pueblo. Se veía hermosa con su vestido blanco y sus zapatos rojos, y Karen estaba admirada de aquellos zapatos. Cuando vino la edad de la confirmación de Karen, la anciana mandó hacer un nuevo vestido y quería comprarle zapatos nuevos. Fueron al mejor zapatero de la ciudad, en sus vitrinas, tenía zapatos y botas, todos preciosos, pero la anciana tenía poca vista y no los apreciaba.  Entre los zapatos que se exhibían, había un par de color rojos, exactamente iguales a los de la princesa. Eran de charol, muy brillantes. Como le quedaban bien, la anciana se los compró, pero de haber sabido que eran rojos, jamás habría consentido en permitir a la niña asistir a la confirmación con zapatos de semejante color. Pero como la mujer nada sabía, Karen fue a su confirmación con los zapatos rojos. Todo el mundo le miraba los pies, y la niña sólo pensaba en su calzado todo el tiempo, sin atender al bautismo, ni al cura.  Cuando la señora se enteró de que los zapatos de la niña eran rojos, se molestó mucho. Ordenó que desde entonces, la niña llevaría zapatos negros a la iglesia, pues los zapatos rojos eran contrarios a la modestia. Al siguiente domingo, la niña desobedeció a la anciana y llevó sus zapatos rojos. Cuando llegaban a la iglesia, se cruzaron con un viejo soldado con muletas y una larga barba , que le dijo: -  ¡Qué preciosos zapatos de baile! Ajústatelos bien cuando bailes. Entraron en la iglesia y todos los presentes miraban los pies de la niña, y ella estaba absorta en sus pensamientos, concentrada en su calzado rojo, tanto que olvidó cantar el salmo. Cuando salieron, mientras abordaban el carruaje, el viejo soldado exclamó: - ¡Qué preciosos zapatos de baile! Y la niña no pudo resistir la tentación de bailar y cuando empezó, no pudo parar, como si los zapatos hubiesen tomado el control sobre sus piernas. El cochero debió subirla en brazos al coche, pero los pies seguían bailando. Finalmente, pudo quitarse los zapatos. Al llegar, la anciana mandó guardar las zapatillas, pero la niña no podía evitar contemplarlas de cuando en cuando. Cierto día, la señora cayó gravemente enferma y la pequeña debió cuidarla y así lo hizo. Pero cuando se enteró que habría un gran baile en la ciudad, sintió grandes deseos de ir. Como la anciana estaba desahuciada, Karen pensó que no empeoraría la situación si concurría con sus zapatos rojos.  Se puso los zapatos y llegó al baile y comenzó a bailar, pero los zapatos hacían su voluntad. La llevaron hasta la calle y bailó sin parar hasta salir de la ciudad, alcanzó un bosque donde vio brillar una luz y se acercó bailando. Era el viejo soldado de barba roja, que nuevamente exclamó: -¡Qué hermosos zapatos de baile! La joven sintió miedo y trató de quitarse los zapatos, pero no pudo más que arrancarse las medias. Siguió bailando por campos y valles, al sol y bajo la lluvia, de noche y de día. Llegó hasta el cementerio, pero no pudo reposar, siguió hasta la iglesia donde había un ángel en la puerta, que le decía: - ¡Bailarás en tus zapatos hasta que estés muerta!  De puerta en puerta, para que los niños vanidosos te vean y sientan miedo. - ¡Piedad!- suplicaba la pequeña, mientras los zapatos la arrastraban por los caminos. Una mañana pasó por su casa, al tiempo que sacaban el féretro de la anciana señora. Pero siguió bailando a pesar de su tristeza. Los pies le sangraban, pero no podía parar.  Llegó hasta la casa del verdugo y golpeó a su ventana y el verdugo respondió: - ¿Acaso no sabes quién soy? - ¡Córtame los pies, por favor! Para que pueda expiar mis pecados. El verdugo cortó los pies con los zapatos rojos, pero estos siguieron bailando y se fueron lejos. El hombre le hizo unas muletas y unos zuecos, también le enseñó el salmo de los penitentes. Karen besó la mano que empuñaba el hacha y se marchó rumbo a la iglesia para que todos la vieran.  Estaba llegando a la puerta y vio que los zapatos estaban bailando frente a ella. Muerta de miedo, regresó corriendo. Al domingo siguiente, volvió a salir para la iglesia, pero los zapatos aguardaban en el cementerio. Nuevamente huyó y fue a casa del predicador, donde suplicó para ser su criada. La familia se apiadó de ella y la tomaron en su hogar. Karen fue diligente como había prometido. Cuando llegó el domingo, la invitaron a la iglesia, pero ella se quedó en su cuartito leyendo los salmos y llorando. Pidió ayuda a Dios con todas sus fuerzas. Entonces apareció el ángel del cementerio, que llevaba una rama de rosas en la mano y convirtió las paredes para que se uniera con la iglesia. Allí estaban todos, la familia del pastor la saludó. Y luego cantaron los niños y la muchacha se sintió tan feliz que su corazón estalló de alegría. Y su alma subió a los cielos.  Hans Christian Andersen
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EL BOSQUE ENCANTADO
 En un país muy lejano, vivía una niña, llamada Iridessa cuyos padres eran personas muy buenas, el lugar estaba lleno de flores, aromas ricos, mariposas siempre volando, era un lugar lleno de colores mágicos y la alegría estaba en la cara de todos los que allí vivían.  El lugar, llamado Villa Maravillosis, era un bosque encantado lleno de hadas y buenos duendes. Iridessa era una niña hada, que tenía siempre una sonrisa en su cara; todos eran amigos de ella, por su bondad había sido declarada el hada bondadosa de Villa Maravillosis., todos la querían.  Un buen día, algo terrible pasó. Iridessa había desaparecido. Duendes y hadas buscaron por todos lados del bosque, y sus caras que siempre estaban llenas de alegría, se habían transformado en caras de tristeza y preocupación. ¡Cuánto lloraban sus padres y sus amigos! Hasta las mariposas dejaron de volar.  Las flores perdieron su color y Villa Maravillosis se transformó de repente en un lugar lleno de pena. Un duende llamado Sam, que era el duende más inteligente de todos los duendes, tuvo una gran idea.  Se le ocurrió, que toda esta desgracia, ocurría por la envidia de los ogros, principalmente por el gran ogro llamado Otus, que no quería a las hadas porque ocupaban su lugar favorito en el bosque. Otus, siempre pensó, que la mejor manera de echarlos era transformar sus vidas alegres en tristes, y la mejor manera era haciendo desaparecer al hada preferida de laVilla, de esta manera todos abandonarían el lugar y los ogros se apoderarían de él. 
En Villa Maravillosis estuvieron de acuerdo con Sam y decidieron tenderles una trampa a los ogros para rescatar a Iridessa. Todos sabían que los ogros siempre se tentaban con los hongos mágicos de las hadas, entonces para lograr atraparlos, principalmente a Otus, pusieron una gran canasta llena de hongos mágicos, pero con un condimento especial preparado por Gertrudis, que era el duende encargado de espantar ogros.  El condimento era una pimienta muy potente que una vez fue traída por una bruja llamada Maruja que no era una mala bruja. Cuando Otus se acercó a la canasta de hongos y se puso a comerlos desesperadamente, comenzó el gran estruendo, estornudos y estornudos sin parar y lo único que pedía era que lo liberaran del hechizo, entonces Gertrudis le dijo que lo liberaría si ellos primero entregaban a Iridessa y prometían no molestarlos más.  Otus que seguía estornudando, prometió no molestarlos y a cambio de que lo liberen de los estornudos molestos, devolvió a Iridessa. Ese día todo el bosque festejó la llegada de su hada bondadosa. Fin  El bosque encantado. Mailén Martín, escritora argentina. Cuento infantil sobre bosques, ogros y brujas
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